En el siglo XIX la tristeza era un sentimiento que muy pocos se podían permitir. Seguramente por eso los semblantes melancólicos destilaban un aire distinguido. Hoy por hoy, pocas cosas tienen más elegancia que una pizarra vacía o una mente en blanco. Además, pensar se ha vuelto algo peligroso, especialmente cuando la ignorancia está instalada en el poder hasta tal punto que perroflautas, rastafaris y radikales salen bien parados si los comparamos con la indefenestrable Paula de León (delegada del gobierno en Valencia), el bocazas Antonio Moreno (Jefe Superior de Policía con complejo de Rambo) y el inefable Mariano Rajoy, que con incipiente síndrome de la Moncloa (o de Alzheimer) ha mostrado su preocupación por la mala imagen internacional que da nuestra juventud protestando en la calle. El día que alguien levante la alfombra esto va a ser peor que lo de Fukushima, y la mierda se la van a tragar nuestros hijos.
Vergüenza nacional
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